Entrábamos por la puerta del jardín, luego otra puerta y la casa. Subíamos por una escalera larga y hasta la peluquería, que quedaba arriba. Yo era pequeñita y casi siempre ¿a qué te ayudo, a qué te ayudo? Te bajaban el lava cabezas y te hacía daño en el cuello. Luego veía a las mujeres y me fascinaban. Cuando cortaba los flequillos a mis vecinos me castigaban en casa. Debía de tener 10 años.

A los catorce decidí hacerme peluquera. Mis padres no me dejaban irme a Barcelona y empecé en Rubí. Conocí gente en la Academia y no Mari, aquí no; tú a Barcelona. Con quince años llegué a la ciudad. Que no sé para qué vas a estudiar peluquería, no te va a servir para nada; sus palabras me dolieron.

Una vez mi profesor me dijo Mari Carmen ¿tú puedes sólo con una o con muchas más? Me puse enfrente de él y le dije Con muchas más. Y ahí empezó una etapa muy divertida. Llegaban los de la Generalitat, ¿Cómo vas hija? Me tuvieron seis meses en pelucas…, hasta que un día tuve que coger a mi madre y decirle Mama, vente conmigo que me vean hacer un secador de mano y que me saquen de las pelucas. El profesor nos paraba una por una en la puerta y nos decía Mari Carmen, hoy dile a tu madre que te has comido un flequillo.

Empecé en Rubí. Luego trabajé en Barcelona por muchos sitios. Mi primer salón lo abrí con veintitrés años. Para pagarlo empecé a trabajar en una empresa, en el cuarto turno. Primero biberones, luego pasaron a hacer jeringuillas y luego preservativos. Muchas veces pensaba que si abrían la puerta yo me iba corriendo… ¿Cómo se puede? siempre es lo mismo, lo mismo, lo mismo.

Cuatro meses. Empezaba a las seis de la tarde y salía a las seis de la mañana, luego me iba a desayunar con las compañeras y en la peluquería a las ocho, hasta las ocho de la noche. Me pagaban seis mil pesetas a la semana y con ese dinero me saqué el carné de conducir. ¡No te vayas, Mari!, que si yo me iba las clientas no irían el sábado a peinarse. Así que me quedé y trabajaba de viernes a sábado dieciocho horas seguidas.

Otra vez fui a una entrevista. Lo primero, me hicieron limpiar todos los cepillos. Luego me preguntó la peluquera “¿Qué es lo que menos te gusta hacer?” “Pues marca rulos con pincho.” “Bueno, pues ya el lunes si quieres empiezas. “Mire no, que el lunes no empiezo, que no vengo.” Seguí buscando trabajo. Luego las clientas, “No me cojas que tú no sabes. Muchas veces te crees que no eres persona.”

¡Que no, papa que eso aquí no! Y bueno, cuando la vi ya montada era tan chiquita, por decirte, casi como esto de aquí adentro, pero todo el espacio muy bien aprovechado. En la calle 25 de setiembre. Luego un gestor me metió por módulos y ahí mis clientas eran de trato muy exigente…, las más barateras. Fueron dos años, lo pasé fatal. Después se traspasaba un local en el cruce de Virgen de Fátima y ahí me fui. Mi segundo salón, cuatro años. ¿Este? Este es el tercero.

Entonces era más mayor y ya había vivido muchas experiencias como peluquera. Cuando me encontraba con colores que no sabía poner, al teléfono Oye Toni, que tengo una señora que tal… ¿Qué hago? Me iba a una peluquería y luego a otra, a cortarme el pelo, a ver cómo lo cortaban, a ver cómo secaban. Aprendía mirando, mirando y mirando. Entonces trabajé con tres chicas. Una por las mañanas; yo le daba las prácticas y luego la profesora hablaba conmigo. Las otras dos venían por la tarde. Pero volví a cometer los mismos errores.

Un buen día me pusieron unos números en la mesa y me dijeron Esto es lo que tienes y esto es lo que tienes que hacer. Eso no lo había tenido yo jamás. ¿Qué? Sólo entonces fui consciente de que yo era una empresaria. Mi tercer salón.

Aquí veo la peluquería como había querido verla desde niña: las personas, lo que quieren y lo que no quieren. Cambié los precios, empecé a valorar el producto, el armario ordenado, los tintes limpios. Me saco el IVA y los autónomos. No había sido capaz de mirar así antes… Y empiezo a llegar a final de mes. Pero en el tema económico me siento más desgraciada, porque ahora ¡pienso en el Gobierno y me acuerdo de todos!

Así son las cosas que me estoy permitiendo, no tengo prisa, todo lo peso. Y luego me digo ¿Lo ves, como sí sabes? El futuro es bonito y tengo la sensación de que esta vez me va a salir bien. Y es verdad que me da miedo, pero yo no quiero ser una diosa. Si me fallo sé que volveré a intentarlo. Ahora la gente que viene me abraza y hasta me traen tabaco, aunque no sea de mi marca, pero da igual.

La base de esto es el cariño. Y esta es mi peluquería, así la quiero yo.

0 Comentarios

Contesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

©2018 PASO A—2

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?